Edward Morrón.

N.º 04 · 12.09.26 · 3 min de lectura

El nuevo oráculo

OpenAI lanzó GPT-6 Astra y anunció un modelo que resolvió uno de los Problemas del Milenio. Si mañana la máquina dictamina qué es verdad, habrá que prohibirle tajantemente los alimentos del espíritu: el arte, la filosofía, la cultura, la religión y el amor.

Esta semana, OpenAI lanzó al mundo GPT-6 Astra, su modelo de inteligencia artificial más avanzado, con la promesa de que se trata del primer peldaño hacia el sueño húmedo de los entusiastas de la ciencia ficción: una inteligencia artificial general (o AGI, por sus siglas en inglés). Dicho en cristiano, una AGI sería un tipo hipotético de inteligencia artificial con una agudeza superior (o, cuando menos, equiparable) a la de los seres humanos. Podría escribir libros enteros con total solvencia, impartir un curso completo sobre cualquier asignatura y, lo más difícil, reconocer por sí misma sus errores y mejorar a partir de ellos. Por si fuera poco, OpenAI advirtió que guarda un modelo todavía más adelantado que Astra: uno que, según la compañía, resolvió el problema de existencia y suavidad de Navier-Stokes, uno de los siete Problemas del Milenio del Instituto Clay, para lo cual hicieron falta 10.000 agentes de IA trabajando de forma coordinada durante 88 horas seguidas.

Consultando al oráculo, John William Waterhouse

Consultando al oráculo · John William Waterhouse, 1884

Todos hemos sentido esa mezcla de terror y emoción al imaginar de lo que será capaz la inteligencia artificial en los próximos años. Es natural, pues su desarrollo es exponencial. Quizás antes de 2030 la discusión ya no gire en torno a las capacidades del modelo de lenguaje, sino a su grado de conciencia. Es bien sabido que corporaciones como OpenAI, Anthropic y Google no aspiran a fabricar herramientas que se queden en el borde de la curiosidad o la distracción, sino verdaderas máquinas pensantes que participen en el desarrollo de la humanidad. Anthropic, en particular, ya ha planteado que de ese «loable» objetivo solo pueden salir dos resultados: el mayor avance tecnológico de la historia humana o una catástrofe social sin precedentes. Dudo muchísimo que las máquinas vayan a rebelarse contra sus amos; no me extrañaría, en cambio, que mañana solo nos quedaran reservados los trabajos corporales.

Hay, sin embargo, una cuestión que me inquieta más. Un ser consciente (o, al menos, dotado de algún grado de sensibilidad humana) que además dispusiera de una base de datos colosal, repleta de millones de archivos a su alcance, ¿no terminaría dictaminando qué es verdad y qué no? Si la máquina puede ocuparse por su cuenta de las grandes preguntas, ¿podrá darnos una respuesta inmaculada a cada una de ellas? ¿Podrá decirnos cuál es el origen de la vida? ¿Quién mató a John F. Kennedy? ¿Cómo superar la velocidad de la luz? ¿Si existe Dios? No lo sabemos. Lo cierto es que, si su criterio llega a ser superior al de cualquier ser humano, habrá que preguntarse qué motivo nos quedará para seguir estudiando, más allá del placer.

Considero que, si mañana los nuevos modelos encabezarán los laboratorios, las universidades, las empresas, los hospitales, los bancos y hasta los ejércitos, habría que prohibirles tajantemente tocar los alimentos del espíritu: el arte, la filosofía, la cultura, la religión y el amor. ¿O acaso aceptaremos que seres sin alma hagan plástico las cosas que trascienden nuestra existencia? Conservar lo esencial será nuestro escudo frente a lo que esté por venir.

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