Edward Morrón.

N.º 03 · 21.08.26 · 2 min de lectura

Lo bueno de la tragedia

El terremoto del 10 de agosto dejó cientos de muertos y miles de familias damnificadas, pero también destapó una solidaridad sin precedentes. Ojalá esa unión no fuera apenas un efecto temporal del sismo: madurar como nación implica dejar de esperarlo todo del gobernante de turno.

El pasado 10 de agosto, Colombia fue sacudida por el terremoto más fuerte registrado en lo que va del siglo: un sismo de magnitud 7,4 que desencadenó una tragedia colosal. Según las cifras oficiales, más de 320 personas fallecieron, 4.600 resultaron heridas, 250 permanecen desaparecidas y cerca de 186.000 familias fueron damnificadas. El Gobierno ha estimado que la reconstrucción de las zonas más afectadas (Valle del Cauca, Risaralda y Chocó) requerirá alrededor de 30 billones de pesos. ¿A quién de nosotros no se le hizo un nudo en la garganta al ver las imágenes de personas sepultadas bajo los escombros mientras los rescatistas luchaban por encontrarlas? ¿Podemos comprender lo que significa que, en cuestión de minutos, miles de individuos hayan perdido a sus seres queridos, sus hogares y sus negocios?

Los últimos días de Pompeya, Karl Briulov

Los últimos días de Pompeya · Karl Briulov, 1833

Sin embargo, la adversidad más cruel también puede ser la vara con que se mide el corazón de una nación. Centenares de compatriotas han emprendido todo tipo de acciones en favor de las víctimas, sumando cuantiosas donaciones que han aliviado el sufrimiento de muchos. Nos enorgullece cómo los centros de acopio se han colmado ante el llamado de auxilio y cómo el sector privado ha aportado más de 1,5 billones de pesos, una cifra sin precedentes en nuestra historia. Si esto no es una muestra inequívoca de unidad nacional, capaz de sobreponerse a cualquier prejuicio, sesgo o ideología, ¿qué otra cosa podría ser? Al final del día, la solidaridad supera cualquier división que, frente a la desgracia, termina por resultar irrisoria.

Francamente, desearía que esta unión no fuera apenas un efecto temporal del terremoto. Qué distintas serían las cosas si ese mismo espíritu se extendiera a cada una de las cuestiones que nos comprometen. ¿Qué mayor satisfacción que saber que el país de mañana es mejor gracias a nuestras acciones? ¿O acaso el futuro de Colombia depende únicamente de la voluntad del alcalde, el gobernador o el presidente de turno? Madurar como nación implica superar esa visión paternalista y cómoda. No somos niños, sino ciudadanos responsables de poner cada ladrillo que construye la Colombia que imaginamos. Si la clase política también refleja, en alguna medida, los valores de nuestra sociedad, la pregunta inevitable es: ¿qué sociedad deseamos ser?

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