Edward Morrón.

N.º 02 · 07.08.26 · 2 min de lectura

Ciao, Petro

Petro no salió de la Casa de Nariño como el vencedor bolivariano que quiso ser, sino barrido por el odio de millones. Deja un país endeudado, asfixiado por impuestos y marcado por la corrupción: el culto a sí mismo nunca fue compatible con el servicio público.

Gustavo Petro no abandonó la Casa de Nariño como el vencedor bolivariano que desea ser, sino barrido por el odio de millones que le profesan. Durante años se esforzó en construir a su alrededor el mito del hombre que llegó al poder contra los intereses de las élites y de los caudillos corruptos de la derecha, contra la violencia de los paracos y las injurias de los medios. El hombre entregado a las causas de la paz del mundo; empático ante el pobre, la mujer, el negro y el anciano; atrapado en el dolor de un país desigual como el nuestro. Nada más alejado de la realidad. Petro se dejó consumir por su posición desde el primer día. Sediento de atención, convirtió en costumbre sus alargados y enrevesados discursos, en los que atacaba a sus contradictores, a los empresarios, a las Cortes, a las EPS, a los periodistas, a Israel, a Estados Unidos y a los ciudadanos que, con justo motivo, hemos criticado su terrible gestión.

Colombia barre los restos del gobierno Petro, caricatura de malbuena

Caricatura de malbuena · X, 7 de agosto de 2026

Además de asfixiar a los colombianos con nuevos y regresivos impuestos, puso en riesgo la regla fiscal para endeudarnos con altos préstamos que tomará años, quizá décadas, pagar. Creó la ilusión óptica de bajar la tasa de desempleo mediante la contratación masiva de empleados en cargos burocráticos. Su política de «Paz Total» empoderó a las guerrillas y a los grupos criminales en todo el territorio, desatando secuestros, asesinatos y extorsiones, y allanando el camino para el magnicidio de Miguel Uribe. En su gobierno descubrimos entramados de corrupción enfermizos, como el de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo, en el que se desviaron recursos públicos para pagar millonarias coimas a congresistas a cambio de impulsar las reformas sociales. Me pregunto yo: ¿desde cuándo hay que malversar los fondos públicos para concretar las buenas reformas propuestas por un gobierno? Los intereses oscuros de Petro parecen superar nuestra imaginación.

No se puede esperar demasiado de un hombre cuya vida está atravesada por unos apetitos descomunales. Mujeres como Juliana Guerrero o Gabriela Muñoz, sin ningún talento ni idoneidad, liderando presuntamente la contratación de entidades enteras por cuenta de sus intereses personales. Petro nos demostró, una vez más, que la meritocracia parece no existir en un país donde el nepotismo y el amiguismo están servidos a la mesa. Es inevitable que quien desea protagonizarlo todo termine por no saber gobernar. El culto a sí mismo es incompatible con la vocación de servicio público que debería guiar los pasos de un mandatario.

Ha cesado la terrible noche, pero, a cambio, Colombia queda desangrada y pisoteada tras cuatro años de resistencia institucional. Este país no es, acaso, el patio de juegos de ningún hombre o mujer. Deseo fervientemente que el nuevo gobierno nos ofrezca lecciones sobre cómo dirigir una nación y le devuelva al cargo la honorabilidad que merece.

Columna semanal

Suscríbete.

Entiende mejor el país. Una columna cada semana, gratis, primero en tu correo.

Sin spam. Te das de baja cuando quieras.