N.º 03 · 24.06.26 · 1 min de lectura
Defender con palabras
Por qué escribo aquí antes que en cualquier otro lugar, y qué le debe el oficio de abogar al oficio de escribir.
Borrador. Texto de muestra para ver el sistema funcionando. Reemplazar por la columna real.
Hay una vieja sospecha de que el derecho y la literatura viven en cuartos separados de la misma casa. El primero, dicen, mide; la segunda imagina. Sospecho lo contrario: que abogar es, antes que nada, encontrar la palabra exacta para un daño que todavía no tiene nombre.

El tres de mayo de 1808 · Francisco de Goya, 1814
En Urabá he visto expedientes que pesan más por lo que callan que por lo que prueban. Un lindero corrido tres metros. Una firma puesta sobre la línea equivocada. Una viuda que no sabía que la ley la nombraba. En cada uno de esos papeles hay una historia esperando que alguien la diga bien.
Escribo estas columnas aquí, en mi propia página, y no en el muro de nadie más, por una razón simple: quiero que el texto llegue entero antes de que el ruido lo parta. Lo que se publica primero en su casa se difunde después con la voz templada.
La defensa, cuando es buena, se parece a un buen párrafo. Nada sobra, nada falta, y el que la lee entiende de qué lado está la razón sin que se lo griten. A eso aspiro cada martes: a defender con palabras, que es la única arma que no deja heridos.